domingo, 15 de mayo de 2011

“No me puedo privar de participar”

DE PRENSALIBRE.COM

Para Víctor Hugo Monterroso, el cine guatemalteco es una puerta a un mundo de posibilidades y del cual no puede quedarse atrás.

POR MARÍA JOSÉ PRADO
FOTOS: ÁLVARO INTERIANO

Hace cuatro años, Víctor Hugo Monterroso, Chiqui, todavía estaba conduciendo grúas en la empresa de su papá. En una ocasión en que se había detenido en una gasolinera a leer la prensa —las ocasiones en las que aprovechaba a hacerlo—, se encontró, irónicamente, con un anuncio que invitaba a hacer unas audiciones para una película guatemalteca —Gasolina, de Julio Hernández—.
A Monterroso desde hacía tiempo le gustaba la actuación. “En un taller de actuación para televisión, una de las encargadas del curso me dijo, sorprendida de que no tuviera ningún antecedente en teatro, ‘tus actuaciones me las creo’. Yo me tomé eso muy a pecho y quise probar a ir al casting de Gasolina, pero cuando llegué y vi a tanta gente, supe que ya era muy tarde”, recuerda Chiqui, el mote con el que todos reconocen a Víctor. Lo que no sabría entonces es que pocos años después ganaría un premio Ícaro al Mejor Actor Centroamericano por protagonizar otra película de Julio Hernández —quizá la más prestigiosa a la fecha—, Las Marimbas del Infierno, y que pese a desarrollar un creciente amor por el cine, la actuación no sería lo que encontraría más atractivo.

¿Por qué te interesaste en la actuación?

Me di cuenta de que manejar las grúas era muy poco para mí. Yo quería hacer algo más y los audiovisuales me gustaban. Veía los documentales en el Discovery Channel y me encantaba. Fue con el tiempo que me di cuenta de que lo que estaba haciendo no era suficiente, no dejaba nada al país ni a mí mismo.

¿Cómo fue tu incursión en el mundo del cine?

Cuando vi el anuncio del casting para Gasolina, encontré a la par otro de Casa Comal, que daban cursos de cine y televisión. Me interesó mucho, porque ya había visto que el cine en Guatemala estaba surgiendo, y pensé: no me puedo privar de participar. Entonces fui a hacerme los exámenes y en ese momento me di cuenta de que no sabía mucho sobre cine. Pero aún así, me llamaron poco después y me dijeron que si realmente quería entrar, tenía que tomar un curso de adaptación de historia del cine en la —Universidad de— San Carlos. Y así, logré entrar, pero no fue nada fácil al principio.

¿Por qué?

Como ahora tenía clases los sábados, desde el viernes en la noche ya dejaba de trabajar y empezó a faltar mi parte ahí. Además, cada vez más me costaba pagar las clases, y ya al final del primer año, me salí. Entonces resulta que me llamó Elías —Jiménez, director de Casa Comal— y me preguntó si de verdad quería seguir. Yo le dije que sí, y entonces me dijo que ellos me iban a dar una beca, pero que tenía que estudiar duro y sacar buenas notas. Más adelante, terminaron dándome trabajo como “asistente de producción” en el equipo de la institución.

¿Cuál parte de tus cursos fue la que más llamó tu atención?

Tuvimos un taller de guión, en primer año, y en ese momento me di cuenta de que en serio me gustaba contar historias. De ahí, Fredy Marreros, que fue mi profesor de producción, me enseñó muchísimo y me empezó a encantar esa área.

¿Cómo ha sido tu trabajo en producción?

Cuando empecé a trabajar en Casa Comal me pidieron que trabajara como asistente de iluminación. Apoyé en La Bodega y luego me pidieron que apoyara en la producción de Puro mula. Y bueno, uno de los que más me he disfrutado es Toque de queda. Estuve como año y medio leyendo el guión, y yo encontré la locación para la colonia que atacan los zombis. La gente del lugar estaba muy interesada y cuando les pedimos permiso para filmar nos dijeron: “Pero queremos ver que sea cierto”. Fue una producción larga, porque Ray (Figueroa, el productor) se fue a Puerto Rico, y Elías dijo que lo esperáramos. La producción se quedó estancada un buen tiempo y cuando empezó el rodaje pasó de todo. ¡Hasta nos cayó tierra del cielo!

¿Tierra?

Sí, es que estábamos a mitad del rodaje cuando una noche, entrando en mi casa, veo que la gente de la cuadra estaba como escondida porque “estaba cayendo tierra”. Yo les dije que era ceniza y que no pasaba nada, que el volcán siempre lo hacía y me fui a dormir. Pero a la mañana siguiente me dijeron que no se iba a poder grabar así y yo les decía que algo teníamos qué hacer, tenemos una misión por cumplir todavía. Al final tuvimos que cambiar todo el plan de rodaje y aprovechar a filmar interiores. Claro, fue muy gratificante ver lo involucrada que estaba la gente de la colonia. El día que íbamos a volver a filmar, descubrimos que ya habían limpiado todo.

¿Cómo conociste a Julio Hernández?

En Casa Comal, porque nos daba un curso de dirección. Un día me preguntó si quería actuar en una película suya. La verdad es que no me la creí al principio. Con Julio a veces no sabes si está hablando en serio. Hasta cuando iba a darnos clases, llegaba a reírse y a molestar. Pero después de unos meses, cuando estaba trabajando en la producción de Puro mula, me dijo: “Chiqui, no te vayás a ir de Guate. ¿Todavía vas a salir en mi película?”, y yo le dije que sí. Al poco tiempo me mandó una parte del guión, y vi que mi personaje se llamaba como yo, Chiqui, y le dije que lo cambiara, pero Julio me dijo que no, que así eran sus guiones, muy basados en la gente que conocía.

¿Y qué ocurrió cuando ganaste el premio Ícaro?

La verdad es que me extrañó mucho. Recibir un Ícaro por Mejor Actor Centroamericano es algo que jamás se me había ocurrido, aunque me di cuenta de que uno mismo es muchas veces el que se priva de las posibilidades.

¿En qué proyectos estás trabajando ahora?

Acabo de hacer unas tomas para una nueva película guatemalteca del director de teatro Fran Lepe. No puedo decir de qué trata —risas—, pero la filmamos en Xela. Y de ahí, también he estado escribiendo para filmar un documental, que pueda presentar al premio Ícaro en noviembre. El documental me gusta muchísimo porque me gusta ser expresivo en forma real.

¿Adónde te gustaría llegar?

Ponerte un límite es difícil, ¿no?, porque siempre quieres algo más después. Creo que, como a todos, me gustaría mucho llegar a dirigir mis propias películas, contar historias urbanas, que es más mi estilo: enseñar lo que tiene que hacer la gente acá para lograr lo que quiere. Aunque, la verdad, disfruto mucho apoyar en producción, más que dirigiendo y actuando. Estar en producción te da autoridad y me encanta encargarme de los detalles técnicos, buscar las locaciones, ver cómo se arma.

¿Qué perspectiva tienes del cine en Guatemala?
Creo que el cine guatemalteco es algo que viene fuerte y se va a mantener, y depende de mí mantenerme en esto también.
  • Filmografía: Víctor Monterroso ha colaborado en diversas propuestas cinematográficas nacionales como actor, gaffer, jefe de eléctrico y asistente de producción.
  • Ha participado en filmes como La Bodega (2008), Puro Mula (2009), Las marimbas del infierno (2010), Fe (2010), Toque de queda (2010), Trip (2011).
  • Los autos de carreras son una de sus aficiones y comenta que le encantaría tener un auto de ocho cilindros.
  • Escribir es también uno de sus pasatiempos y distribuye su tiempo libre entre sus actividades en el cine y el trabajo de taller con su papá.
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